By Rafael Cardona from La Cronica de Hoy:
Llevaba meses de llamar a Conchita Cintrón en mis recuerdos. Por eso he
parafraseado el título de su hermoso libro ¿Por qué vuelven los toreros?
Me ocurría cada comienzo de año y siempre en enero pensaba escribirle
un saludo a su casa de Lisboa. A veces lo hacía; a veces no. Y así fue
en esta ocasión. Sea esta columna el sucedáneo de una carta no escrita
para una mujer indefinible e irrepetible.
Mi última reunión con ella fue en Guadalajara.
—Está en México Conchita; me dijo mientras comíamos el ex embajador
mexicano en Portugal Mariano Palacios Alcocer. ¿No sería bueno hacerle
una entrevista?
La cita fue hecha por teléfono y estuvo llena de condiciones. No quiero
esto, no quiero aquello. Por favor, fotografías no; estoy recién
operada de los ojos y la luz me ofende. Cuando llegué a Guadalajara me
fui a un lienzo charro donde ella aguardaba con su amigo Chucho de
Anda. Esperé a la sombra de un árbol en la finca de Ricardo Zermeño y
al poco rato llegó ella.
Tenía más de 70 años, el pelo blanco; el paso de quien ha sabido
caminar por un ruedo con firmeza y sin miedo; las manos fuertes y a un
tiempo delicadas, la barbilla altiva y los ojos cubiertos por unas
gafas negras. Negras como su traje negro.
—Muchas gracias por su tiempo, le dije.
—No se preocupe por esas cosas, se lo he prometido al embajador Palacios. ¿De qué quiere usted hablar conmigo?
—De Conchita Cintrón, ¿la conoce?
Sus facciones se suavizaron y apenas insinuó una sonrisa. “Pues a veces la conozco y a veces parece extraña hasta para mí”.
Hablamos y la charla jamás tuvo orden. Los temas entraban y salían
junto con los nombres de los hombres de su vida. Su abuelo Varril, a
quien ella llamaba Om; don Juan Belmonte, El Gallo; del regicidio de
Carlos I en Lisboa; del atentado contra Alfonso XIII con una bomba
envuelta en un ramo de flores.
—¿Se imagina usted la metáfora, una bomba entre las flores?, decía entre la sorpresa y el descubrimiento.
En el lienzo dos chamacos entrenan. Uno empuja la cornamenta y el otro
ensaya infinitos muletazos de lentitud imposible, como si tras los
pitones atados a un palo hubiera un toro verdadero. Pero ellos mueven
dulcemente sus muletas de ilusión, con sus boinas y sus pantalones
viejos.
—¿Vamos?, le dijo a la señora vestida de negro. Vamos, responde.
El sol pega fuerte en la tarde. Ya pasa de la una y ella mira el ruedo
y el partidero del fondo. ¡Oye!, le grita a uno de los maletillas; ¡así
no!, ¡ven acá!
Toma el palillo de aquí; le dice al azorado muchacho quien no tiene la
menor idea de quién le habla y le ayuda. El brazo suelto separado del
cuerpo, así… Y convertida en maestra la Diosa Rubia del Toreo le rompe
la dimensión al tiempo. Muletea al viento. O torea un recuerdo, como se
quiera decir.
—Ya nadie enseña a torear, por eso nadie sabe lo que trae dentro. Todos
iguales, todos parejos, “¡ah”! pero cómo se arriman cuando ya han
pasado los pitones, claro, con las orejas ningún toro pega cornadas…
Veo ahora una foto de aquella tarde: Conchita juega con sus manos y con
los índices de ambas manos colocados en su cabeza simula una cornamenta
y ríe.
Después de eso sostuvimos una relación epistolar. Le hice un dibujo y
me respondió con una carta muy hermosa. Tiempo después me envió otra de
letras sombrías. Me hablaba de su depresión, de su tristeza. Le
respondí con innecesarias palabras de aliento.
“Hace mucho tiempo —me decía— que conozco la impresión de haber vivido
más de la cuenta. Quizá un torero, a quien no le importa vivir más allá
de la tarde de toros que le espera tiene una formación inadaptable a la
vida cotidiana…”
Pero había más. Al final de la carta incluía, con extrema discreción,
dos pequeños recortes de periódico. Los había escrito para su hijo
muerto. Este es uno de ellos:
“¡Dios mío!... se cumplieron siete años (1980) desde que llamaste a mi
hijo Pedro… tenía 22 años recién cumplidos y era el sol y la alegría
del hogar… Pero hiciste bien; él no merecía esta vida dolorosa sino
aquella que nos tienes prometida.
“Perdóname señor si lloro… es que no sabía que también los ángeles reciben sepultura…”
Después de eso ya no hubo más cartas. Conocerla fue un enorme privilegio.